sábado, 29 de junio de 2013

Vindicación de la supernova

¿De qué estamos hechos? Es una pregunta tan antigua que se pierde en la mitología. ¿De qué estamos hechos? ¿De barro insuflado por un aliento divino? ¿De maíz? ¿De ceniza, de madera? Las respuestas, a lo largo de milenios, fueron siempre la imaginadas por los mitos, la religión y la filosofía. Finalmente, como tantas otras veces, la pregunta cayó bajo la mirada escrutadora de la ciencia. Y, a lo largo del siglo XX, la ciencia dio con la respuesta gracias al trabajo paciente, riguroso e inspirado, de astrónomos y astrofísicos. Y es una respuesta maravillosa, extraordinaria en sí misma por la extraordinaria pregunta que responde. Y también extraordinaria por la respuesta en sí misma.

Sí, los astrónomos descubrieron de qué estamos hechos, los tipos que miran el cielo con sus telescopios o con sus teorías, escudriñando nebulosas, supernovas y galaxias distantes, un trabajo que hasta hace pocos años ni siquiera era recompensado con un premio Nobel. Los astrónomos descubrieron que nosotros, y no sólo nosotros sino todo lo que nos rodea, cada átomo de carbono, de nitrógeno, de fósforo en nuestro ADN, cada átomo de hierro en nuestra sangre y en nuestras máquinas, el calcio de nuestros huesos, el flúor de nuestros dientes, todo, todo, el cloro magnesio de la clorofila en las plantas y el cloro en la botella de lavandina, el oro de los anillos de boda, todos y cada uno de esos átomos, fueron forjados en las estrellas, en los núcleos supercalientes de estrellas de generaciones anteriores al Sol.

Tan sólo el hidrógeno (y una pizca de los elementos más livianos) forma la herencia que recibimos con este universo desde el comienzo de los tiempos. Las estrellas, en sus núcleos supercalientes, transforman el hidrógeno en helio, el helio en carbono, oxígeno, nitrógeno, sílice... En sus hornos termonucleares y sus agónicas explosiones reciclan y diseminan en el espacio interestelar la materia necesaria para la creación de nuevas estrellas y sus mundos, y de nosotros mismos en la delgada y frágil superficie de uno de ellos. De eso estamos hechos, literalmente. Y lo sabemos con la certeza de una de las más extraordinarias teorías científicas, la que explica el funcionamiento de las estrellas, esos objetos tan fuera de la escala humana en tamaño, en tiempo y en lejanía. Y que sin embargo el trabajo de incontables físicos, astrofísicos y astrónomos logró completar durante el siglo XX. Para mí, éste es uno de los grandes logros de la civilización, algo de lo cual uno puede sentirse orgulloso aún sin haber participado, algo para decir "Pucha, miren lo que logramos".

Si alguien necesita un ejemplo del valor humano de la astronomía, que recuerde éste.


Por si a alguien le intriga el título de esta nota, diré que en una reciente mesa redonda escuché cómo se hablaba desdeñosamente de la comunicación pública de la investigación científica acerca de "la última supernova". Los párrafos improvisados aquí arriba no pretenden ser una respuesta a lo que se dijo en esa sesuda ponecia, ni mucho menos. Pero de todos modos es algo que hace rato tenía ganas de decir.

La imagen muestra la galaxia M95 y su supernova SN2012aw (la estrella azul arriba del centro), que fotografiamos y comentamos el año pasado. Esta hermosa foto es de Adam Block/Mount Lemmon SkyCenter/University of Arizona.

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