sábado, 23 de abril de 2011

El Joyero

Mi fascinación por la astronomía viene de la niñez, digamos fines de la escuela primaria. Los dos eventos más memorables (en el sentido de que son los que me producen un recuerdo más vívido) son los siguientes. En uno, mi Papá (médico, y también interesado en la ciencia) me llevó al observatorio de Parque Centenario. Allí, un "señor" (¡probablemente un chico!) me hizo subir a un peldaño y mirar por el ocular de un telescopio que parecía salido de una novela de Julio Verne, y me mostró el cúmulo abierto conocido como El Joyero. Parecía, efectivamente, un montoncito de piedras preciosas esparcidas sobre el terciopelo del cielo nocturno. Esta foto —tomada hace unos días desde mi balcón— no alcanza a capturar su encanto visual (vale la pena agrandarla, que se ve mejor). Me causó tal impresión que lo recuerdo como si hubiera sido la semana pasada. Este es el telescopio, una joyita de la casa Gautier, de fines del siglo XIX. Nunca volví a visitarlos.

En el otro recuerdo, leo en La Prensa: "La Luna ocultará a Júpiter a fin de mes". ¿Qué? ¿Cómo? ¿La Luna ocultará a Júpiter? ¿Cómo es posible? ¿Y cómo lo saben? Fue un poderoso disparador de curiosidad astronómica. No vi ese ocultamiento. Pero hace unos años (en 2005, creo) vi a la Luna ocultar a Júpiter de día, usando unos binoculares chiquitos. No muy impresionante, pero fue una puesta al día. (La foto de acá al lado no es mía, es de Occultations.net.)

Otros recuerdos de esa época son del Planetario de Buenos Aires, con el enorme meteorito en la entrada. Todo el que haya visitado el Planetario Galileo Galilei debe recordar el meteorito. Lo que tal vez no haya llamado tanto su atención es otro de mis antiguos recuerdos astro-infantiles: el reloj de Sol en el parque, con una leyenda misteriosa para un niño de 10 años: Ecuación de tiempo. Guau.

También recuerdo, de manera más vaga porque tenía apenas 4 años, el alunizaje del Apolo 11, y especialmente la sensación que me produjo. A esa edad mi idea de la Luna era un poco vaga, por supuesto. El viaje del Apolo 11 me hizo notar, de golpe, que la Luna era un lugar, a donde se podía ir y caminar, no una luz flotando en el cielo. Mutatis mutandis, me gusta imaginar que es lo mismo que debe haber experimentado Galileo al ver la Luna por primera vez a través del telescopio, y descubrir que era un mundo, con montañas, con valles, con "mares". Un mundo como la Tierra. Y si la Luna era como la Tierra... entonces la Tierra era como la Luna. De golpe no parecía tan disparatado que la Tierra fuese un planeta, en órbita alrededor del Sol, como el resto de los planetas conocidos...

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