sábado, 17 de agosto de 2013

De vajillas y telescopios

Compré unos platos para la cocina de mi Grupo y, naturalmente, elegí el modelo Galaxia de Rigolleau. Miren qué belleza, parece Messier 74. Mientras luchaba para sacarle la etiqueta (¿con qué la pegan?) algo capturó mi atención. Nunca lo había visto fuera de un contexto astronómico. Y no me refiero al modelo.

Me encontré con esto. ¡El plato Galaxia está hecho de vidrio flint! Para la mayor parte de la gente, imagino, esto no significa gran cosa. Pero para un astrónomo aficionado el vidrio flint es un viejo conocido. Es un vidrio especial que se usa para hacer sistemas ópticos. No tenía idea de que también se usara para algo cotidiano como un plato. Parece que sí, pero nadie lo publicita en las etiquetas (busqué en la Web, y resulta que las lámparas eléctricas también son de vidrio flint, y probablemente muchos objetos más).

¿Qué es el vidrio flint? Hay varios tipos de vidrio. El más común es el llamado crown. A pesar de su nombre, no tiene coronita. Es el vidrio común de ventana. Hecho con arena de sílice, ceniza y caliza, se lo conoce desde la Antigüedad. Es el que usó Galileo para hacer las lentes de sus telescopios. Y, como todos sabemos, por un telescopio de Galileo se ve muy mal. ¿Por qué? Porque una lente no es como una ventana, cuyas superficies son paralelas. Una lente es más parecida a un prisma, con una parte gruesa y una parte fina. Y cuando la luz pasa por un prisma, ya sabemos lo que ocurre, aunque no sea la luz del lado oscuro de la Luna: el vidrio dispersa cada color de manera distinta, descomponiendo la luz blanca en un arco iris. Esto es una calamidad para un telescopio, una calamidad llamada aberración cromática.

El vidriero ingenioso se pregunta: ¿no se podría corregir este defecto, con una segunda lente que recomponga los colores? Sí, se podría. Una segunda lente, con la curvatura al revés, compensaría la dispersión de los colores. Una lente cóncava puesta detrás de una lente convexa, por ejemplo. Claro que esta segunda lente no tiene que tener el mismo poder de refracción que la primera, si no también se compensaría la refracción, y la lente se convertiría en una ventana. No se puede hacer un telescopio con una ventana. ¡Se necesita una lente!

He aquí que los vidrieros ingleses inventaron un nuevo tipo de vidrio: más duro, más denso, más brillante que el vidrio crown. ¡El vidrio flint! La diferencia consistía en reemplazar parte del calcio por plomo. Esto daba un vidrio precioso para hacer objetos decorativos, a punto tal que se lo llamó cristal (o cristal de plomo), a pesar de que no es un cristal sino un vidrio, desde el punto de vista de su estructura microscópica. Los conocidos adornos Swarovski son de vidrio de plomo, por ejemplo. Era muy difícil de fabricar, especialmente en calidad óptica, libre de imperfecciones y burbujas. Los vidrieros ingleses mantuvieron el secreto y tuvieron el monopolio durante más de un siglo, hasta que su industria languideció porque el Estado les imponía enormes retenciones a la exportación (toda Europa quería el cristal inglés). Finalmente fue reinventado por vidrieros del Continente. Algunos habrán leído en Viaje a las Estrellas la historia del vidriero suizo de mal carácter que Fraunhofer contrató para hacer sus famosos telescopios a principios del siglo XIX.

Bueno, pero me fui por las ramas. En mil setecientos treinta y pico un abogado de Londres, astrónomo aficionado, llamado Chester Moor Hall, se cansó de la aberración cromática y decidió hacer el intento con una lente compuesta de vidrio flint y vidrio crown (como la de aquí al lado). Hizo su diseño pero, consciente del valor de su invento si llegara a funcionar, le encargó las lentes a dos ópticos distintos. Estos dos, dueños de los mejores talleres de Londres, eran tipos súper ocupados. Su negocio no estaba en hacer lentes individuales, así que ambos subcontrataron el trabajo. ¡Y los dos se lo encargaron al mismo vidriero! El afortunado fue George Bass, que tenía un taller de segunda categoría. Aún ignorando que las dos lentes eran para un mismo cliente, de todas maneras Bass sospechó algo. Eran dos lentes encargadas el mismo día, del mismo tamaño, que se apoyaban perfectamente una sobre la otra. Mmmmm... Bass las talló y las pulió. Podemos imaginarlo tomando una con la mano izquierda y la otra con la mano derecha. Las superpone y mira a través. ¡Maravilla! ¡La aberración cromática había desaparecido!

Moor Hall no protegió su invento. Era un abogado exitoso, le bastaba con que su telescopio fuera el mejor del mundo. A Bass tampoco se le ocurrió sacar algún provecho. Parece inclusive que alguno de ellos se lo contó a algún amigo, porque de a poco varios talleres de Londres empezaron a fabricar estas lentes acromáticas. Hasta que Bass se lo contó, 20 años después de su invención, a su colega John Dollond, dueño de un muy exitoso taller. Dollond sí se dio cuenta del valor comercial del invento, y se apuró a patentarlo previa publicación en las Philosophical Transactions de la Royal Society (sin mencionar a Hall, ni a Bass, ni a Euler quien le había mandado por carta una idea similar). Parece que tenía ciertos escrúpulos, porque nunca se atrevió a exigir sus derechos de patente. Igual, con "su" invento, se convirtió en el óptico de los ricos y famosos, lo cubrieron de honores, premios y la mar en coche. Pero al morir John su hijo Peter echó los escrúpulos por la borda, persiguiendo ferozmente a los ópticos que usaban el diseño de su padre. Bah, el diseño de Moor Hall, fabricado por Bass, que se lo contó a su padre, quien lo patentó. Muchos talleres terminaron en la ruina, ya que las cortes sostuvieron la validez de la patente con argumentos tirados de los pelos, a pesar del testimonio de muchos ópticos, incluído el pobre Bass, quien fue llevado en silla de ruedas a contar la historia ante los jueces.

Finalmente la patente expiró y el precio de las lentes acromáticas cayó a la mitad. Fue una revolución en la construcción de telescopios. El taller del famoso Ramsden, cuyos oculares seguimos usando, floreció en esta época. Y como ya conté, el flint escapó del monopolio inglés a principios del siglo XIX, y los astrónomos de todo el mundo tuvieron acceso a telescopios acromáticos. Y pudieron ver el universo como nunca antes.


Me enteré de todo esto mientras investigaba para Viaje a las Estrellas, principalmente en The life and times of the telescope, de Fred Watson.

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