sábado, 31 de julio de 2010

Viaje a las estrellas

¡Atención pido al silencio, y silencio a la atención! Está próximo a aparecer en todas las librerías Viaje a las estrellas. Sí, se trata de mi libro de divulgación astronómico-histórica, anunciado aquí mismo con otro título hace algún tiempo. El cambio de título se debe exclusivamente a motivos editoriales, y estoy seguro de que a todos les encantará. Se publicará en la colección Ciencia que ladra (que desde hace poco tiene un sitio en Facebook, pueden encontarnos allí). Ésta es la tapa, que muestra a un excéntrico astrónomo echado en el piso y mirando por un telescopio vertical. Es Robert Hooke, un fascinante personaje de la revolución científica del siglo XVII, del cual no se conserva ningún retrato. En base a esto yo diría que a la ilustradora le salió bastante parecido.


Viaje a las estrellas cuenta la historia de la medición del tamaño del universo. Es un relato con parte de ciencia y parte de historia. Está poblado por curiosos personajes que protagonizaron historias extraordinarias de ingenio y descubrimiento, desde la antigüedad hasta nuestros días. Aparte del relato histórico, que forma parte de la historia de la ciencia ya muchas veces recorrido, mi propia apreciación acerca de nuestra posición en el universo recorre la obra: que con una perspectiva adecuada podemos percibir que formamos parte del universo conociéndose a sí mismo.

Una noche estrellada lejos de las luces de la ciudad es uno de los espectáculos naturales más impresionantes, y ha sido un poderoso disparador de la imaginación humana desde la noche de los tiempos. En el imaginario público la visión actual que tenemos del universo está sustentada por las extraordinarias fotografías tomadas por los grandes telescopios de hoy en día. No cabe duda de que la astronomía moderna es una ciencia asombrosa desde muchos puntos de vista. Basta pensar que los astrónomos están en gran medida obligados a observar sus objetos de estudio desde muy lejos, sin poder traerlos a un laboratorio. Pero más allá de los desafíos técnicos y científicos, es una ciencia que provee una perspectiva de nuestro lugar en el universo. Un lugar que a lo largo de los siglos sufrió transformaciones, cambios de punto de vista, y que fue laboriosamente cartografiado por generaciones sucesivas de astrónomos.  

Viaje a las estrellas cuenta la historia de algunos de estos esforzados astrónomos. Algunos son bien conocidos por el público, como Copérnico y Galileo. Otros lo son menos, como Herschel, Bessel y Hubble. Todos ellos vivieron vidas fascinantes y realizaron descubrimientos extraordinarios. Hay también una notable repetición de algunos temas. La astronomía como actividad amateur, por supuesto, lo cual ha sido una constante desde hace siglos. Hay aficionados extremadamente serios que acabaron por ganarse un lugar entre los grandes astrónomos profesionales. Así tenemos a Herschel, director de orquesta y descubridor de Urano y de la luz infrarroja, entre cientos de otras cosas. A Olbers, médico y descubridor de varios de los primeros asteroides. A Tycho Brahe, un vikingo aristócrata que acabó siendo uno de los más respetados astrónomos de su tiempo. Hay también secuestros, niños desdichados y pequeños príncipes, deserciones del ejército y servicios militares. Y en todos ellos el denominador común de la pasión por la ciencia, por la astronomía.

Ya los antiguos griegos midieron con exactitud la Tierra, y con los instrumentos que tenían estimaron el tamaño y la distancia de la Luna y el Sol. Las estrellas, sin embargo, les parecían infinitamente lejanas. Durante la revolución científica del Renacimiento quedó razonablemente claro, si bien no probado, que la Tierra no era el centro del universo, sino que era un planeta como los que se conocían desde tiempo inmemorial. Galileo, uno de los artífices de este cambio de paradigma, planteó la cuestión de tratar de demostrar el movimiento de la Tierra observando el balanceo que debía producirse en la posición de las estrellas a medida que la Tierra se desplazaba en su órbita. Este balanceo, de paso, podía servir para medir la distancia a las lejanas estrellas. Desde el siglo XVII hasta comienzos del XIX, generaciones sucesivas de astrónomos intentaron observar y medir el fenómeno, sin éxito. En el camino, sin embargo, los esperaba una sorpresa tras otra a medida que sus instrumentos se perfeccionaban. El movimiento orbital de la Tierra, por cierto, quedó demostrado, incorporado a nuestra cultura, y archivado. Pero la distancia a las estrellas permaneció inconquistada durante mucho tiempo. La razón es que las estrellas son tan lejanas que se necesitaron avances tecnológicos inimaginables, que se fueron acumulando durante décadas, y también la genialidad de técnicos y astrónomos para diseñar y usar los nuevos instrumentos, hasta que lo lograron.

Más allá de las estrellas que vemos por la noche el universo sigue y sigue, por supuesto. Claro, esto lo sabemos hoy, pero no fue siempre tan obvio. Recién a principios del siglo XX nuevos avances tecnológicos, particularmente la fotografía y los telescopios gigantes, permitieron apreciar cabalmente el tamaño descomunal de nuestro universo, en el que galaxias inmensas como la nuestra se alejan unas de otras a velocidades que quitan el aliento. Al día de hoy las mediciones continúan, tanto para terminar de cartografiar nuestro entorno estelar como para sondear lo más profundo del espacio hasta las galaxias más lejanas.

Post scriptum: Mis amigas de Palabras Sueltas han puesto en su blog la entrevista que me hicieron en su programa de radio. ¡Gracias!

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