sábado, 7 de agosto de 2010

Newton y la peste

Estoy en Córdoba dando un cursito sobre la matemática de las epidemias, así que me desvío un poco de la astronomía. Pero no del todo, ya verán. En 1665 una terrible epidemia se abatió sobre Inglaterra. Fue uno de los rebrotes de la Peste Negra que había arrasado Europa entre 1347 y 1351, y que afectó profundamente todos los órdenes de la sociedad medieval. Pero más sobre ésta otro día; ahora sigamos con la del siglo XVII.

Los primeros casos de la que se llamaría Gran Plaga de Londres ocurrieron en el invierno de 1664-1665. Al llegar la primavera de 1665 la peste escapó de control, y acabaría cobrándose 100 mil víctimas, un quinto de la población de Londres. Hay varios aspectos notables en esta epidemia. Por ejemplo, fue la primera vez que un fenómeno semejante fue documentado cuantitativamente. En efecto, el año anterior habían empezado a publicarse Actas de mortalidad semanales, donde quedaban asentadas las muertes y sus causas (las actas de natalidad se mantenían en las parroquias desde mucho antes). Esto marcó el comienzo del estudio cuantitativo de la demografía, que acabaría siendo una parte importante de la ciencia moderna.

Otro fenómeno curioso durante esta epidemia fue que la gente empezó a reaccionar de manera distinta que en grandes epidemias anteriores. Por empezar, el público no se amontonó en las ciudades. Por alguna razón quedó claro que el amontonamiento era perjudicial (aunque nada sabían de microorganismos ni de contagios), y los que podían hacerlo huyeron al campo. La nobleza así lo hizo, pero también mucha otra gente acomodada.

Entre los que se refugiaron en el campo estaba el joven Isaac Newton, el muchacho pelilargo del retrato de aquí arriba. En 1665 obtuvo su grado en la Universidad de Cambridge, y como ésta cerró a causa de la Plaga, Newton se fue a una finca de su familia en Woolsthorpe-by-Colsterworth. Allí pasó 18 meses, lo que llamó su “año milagroso”. Parece que, cuando podía, estudiaba y trabajaba en el pomar, bajo los frutales. Durante este año revolucionó la matemática inventando el cálculo infinitesimal, formulando las leyes fundamentales de la mecánica, renovando la óptica y, sobre todo, descubriendo el mecanismo que explicaba el funcionamiento de los astros: la gravitación universal, completando la obra de Kepler. Según su propio relato, la observación de la caída de las manzanas fue una clave para su descubrimiento. Un verdadero genio, ¿no? A partir de algo que para cualquier otro no habría sido más que un fenómeno cotidiano, Newton concluyó que la fuerza que hace que la manzana caiga de la rama era la misma fuerza que hace que la Luna no caiga de su órbita...

Newton (nacido en 1642) tenía 23 años en 1665. Quienes quieran experimentar inspiraciones similares pueden visitar la plaza frente a la Biblioteca del Instituto Balseiro, donde un retoño traído de la finca de la familia Newton se llena de ricas manzanas (casi) todos los años. O, al menos, pueden comerse una manzana.

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